La idea central de la publicidad moderna se basa en la idea de que la principal finalidad no es la de vender productos, sino la de VENDER UTILIDADES, BENEFICIOS Y SATISFACCIONES (en ocasiones meramente psicológicas o morales). Hasta el punto de que muchas veces la “utilidad” del producto es claramente diferente de la satisfacción producida. Por ejemplo, los diversos para adelgazar, productos de peluquería, desodorantes, coches… No digamos ya el tabaco y la bebida.

La utilidad de un producto ha dejado de constituir, en sí mismo, un motivo de compra; especialmente en aquellos productos claramente superfluos (frente a los imprescindibles, los necesarios, los útiles). A partir de los años 70 los publicistas se dieron cuenta de que la tecnología había igualado tanto los productos que era muy difícil distinguirse de la competencia por algún aspecto estrictamente funcional y, por otra parte, también descubrieron que el público no era capaza de retener tanta información como quería transmitírsele en cada anuncio (descuentos, prestaciones…). Al no ser posible diferenciar el producto por alguna cualidad propia y específica, decidieron que se diferenciaría por alguna cualidad ideal, añadida por el publicista, de manera que en las últimas décadas hemos asistido a una publicidad que nos vende valores y estilos de vida (juventud, autoconfianza, independencia, agilidad, libertad, comodidad, belleza, éxito, confort, facilidad de uso…) tanto o más que vienes y servicios. Asi, la publicidad ha dado un nuevo sentido al acto de la compra: coches “deportivos”, perfumes “irresistibles”, por el “bienestar” de los hijos, por la salud, por cuidar la naturaleza, y un infinito etcétera.

¿TE CONSIDERAS PIEZA DE ESTA MASA DE ENGRANAJE UNIFORME Y ACÉFALO?